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lunes, 19 de mayo de 2008

Al norte





Algunas postales de un reciente viaje al norte. Siempre es bueno volver.

lunes, 3 de marzo de 2008

Backstage en Iruya (El otro lado del comercial de Guinness)

Siempre hay una historia detrás de la historia que narra una publicidad.




"No te podés perder Iruya", me decían todos los viajeros que anduvieron por el norte. "Es un pueblito encantador, muy tranquilo, pintoresco, rodeado de montañas, con una magia indescriptible", continuaban insistiendo. Así que tomé la mochila y salí de Tilcara. Iba a pasar el día allí. Y llevaba la impaciencia normal de quien fue lobotomizado por consejos insistentes y arrastra grandes expectativas.


Era un día de sol pleno. Durante las cuatro horas que duró el viaje por el camino de ripio se observaron paisajes en un in crescendo de belleza. Íbamos a bordo de un micro desvencijado de la década del sesenta que te hacía traquetear los dientes por los saltitos que le imponía la ruta.




Llegamos. Bajamos. La Iglesia que está en las puertas del pueblo nos dio la bienvenida.
Pero.
Pero.
Se notaba que algo raro había en el lugar. Algo extraño estaba sucediendo. Se olía en el aire.





Había objetos extraños. Extraños para lo que uno pensaba que se podía encontrar en un pueblo norteño.

Había poca gente por las calles. Y en la escuela primaria no se escuchaba el normal tumulto que debían hacer los alumnos.

A medida que empezamos a caminar comenzamos a ver carteles informativos, pero que nada tenían que ver con la historia local o las bellezas naturales.
En la plaza central, lugar de encuentro común de todo el pueblo, se observaban cámaras y demás cosas para filmar.





En Tilcara nos habían dicho que el pueblo estaba "tomado" porque había una filmación de un comercial publicitario. Y así parecía.

Ya llegando a la Sociedad de Fomento no quedaron dudas. Allí se erigía una de las locaciones centrales, en donde se desarrolló el spot publicitario.

Los gringos gritándoles nerviosos a los handy se mezclaban con ralentizados habitantes locales devenidos en extras. Lo autóctono se fundió a negro con focos, cables y directores de cámara, iluminación, logística que corrían de un lado para el otro. Que movián a los dóciles habitantes locales a su voluntad como si fueran manequíes.






Me enteré que a los pobladores del lugar le pagaron sólo $50 por largas jornadas de trabajo a pleno sol.

Era muy desconcertante ver a los dueños de ese pueblo, los propietarios de ese lugar, los afincados en esas tierras trabajando como actores de reparto y arengados por el equipo de producción para que pongan su mejores caras y gestos publicitarios.

En vez de verlos distendidos en sus casas, viendo pasar la tarde, con los ojos curiosos por los turistas la imagen fue otra. En este spot informal que presencié se veía a los locales debajo de unos toldos de lona, recibiendo órdenes en un mal castellano de una productora gringa que parecía una maestra jardinera aleccionando a niñitos.

Cosas de las globalización.

Un danés, encarándose a una española, tomará la cerveza irlandesa Guinness en un pub de Londres mientras por la tele difundirán sin audio, por el ruido, el comercial filmando en Iruya, Salta, República Argentina.

Cosas de la globalización.

Y de los bajos costos que tenemos para el mercado mundial.

Yendo a lo técnico habrá que decir que el comercial está bueno.

Pero algunos dicen que la idea tiene "cierto parecido" a este comercial de Honda. Ustedes dirán.

Acá se puede ver el making off del comercial.

En síntesis: En esa breve estadía de un único día me quedé con las ganas de experimentar la tranquilidad, la magia y el encanto de Iruya, que por un momento parecía un estudio de Hollywood.


viernes, 5 de octubre de 2007

¡Qué gusto tiene la sal!

Pasó que dejé olvidado al blog. Pobrecito. Ahora lo veo y siento como que hay que pasarle el plumero. Como si estuviera en deuda.

Lo último posteado quedó allá lejos, en julio, cuando falleció el Negro Fontanarrosa. Y el relato del viaje que hice en abril al Norte de la Argentina quedó trunco.

Acá van algunas impresiones que no quisiera dejar en el olvido de esa recorrida por el NOA.

La idea es sintetizar algunos grandes momentos del viaje y empezar a darle alguna forma, algún estilo a este espacio propio. Veremos qué sale.


Desde Purmamarca contratamos a Román con su camioneta Kangoo para hacer la excursión a la Salinas Grandes.


Román nos contó que tenía 6 hijos.

Es impresionante la sensación que genera el ir avanzando por la puna y de repente empezar a ver una llanura blanca a lo lejos


Y luego internarse en un paisaje inmensamente blanco.

Es una sensación de plenitud increíble. De desconcierto. ¿Qué hace tanta sal ahí, justo ahí? Parece un oasis en el medio del desierto.

Tenés que refregarte varias veces los ojos para creer lo que estás viendo. Blanco por acá y por allá. Y atrás montañas. Pentágonos de sal que son pentágonos más vistosos e inofensivos que otros pentágonos. Se entiende...


Y se ven cosas raras. Como salidas de un cuadro de Dalí.



Lo que para unos es placer, para otros es sacrificio.










sábado, 7 de julio de 2007

Bajo presupuesto municipal

A la izquierda se puede apreciar la Municipalidad de Purmamarca.
Un edificio austero, sin mucha alharaca, sin mucha pompa, sin mucha ampulosidad, sin mucho derroche.
¿Habrá ñoquis?


Al la derecha se puede apreciar el Concejo Deliberante de Iruya. Humilde, sin luces de neón, ni patotas, con poca pinta de esconder gastos reservados.

¿Habrá punteros políticos?

Doña Beba

Llegamos a Purmamarca al mediodía. Si bien el trayecto entre San Salvador de Jujuy y este fascinante pueblo no es muy extenso, la travesía tuvo sus contratiempos: el micro, uno de esos que son muuuy viejos, se plantó com una mula en mitad de camino y no quiso seguir más.



El chofer le daba arranque y nada. Y otra vez, y nada. Y otra vez, y nada. Entonces levantó una tapa grande que estaba al lado de la palanca de cambio. Eso, después supe, cumplía la función de capó. Allí abajó estaba el motor y los demás adminículos mecánicos que funcionando al unísono y en armonía logran el milagro de la movilidad en todo transporte con ruedas.

La cuestión es que una vez abierta la tapa empezó a toquetear una manguerita por donde salía nafta...La tocaba y se iba a darla marcha, y nada. Así como diez veces, hasta que pidió un voluntario con mano chica para que haga fuerza en no sé donde. Una gentil señorita prestó su colaboración y, luego de seguir las indicaciones del chofer y de mancharse de combustible, se transformó en la heroína del pasaje. Un reconocimiento para esta anónima mujer que nos a simplificó la vida con su gesto.

Seguimos camino. Entramos en la ansiada Purmamarca. El micro paró. Bajamos. Y a dos metros había una hostería. No dudamos. Eso es ser vago. El hostel se llama "Mama Coca" y es digno de recomendarse. Básicamente por la hospitalidad, generosidad y buena onda de quienes atienden.

Al llegar nos recibió Doña Beba, la dueña del hostel. Todo un personaje.



Doña Beba fuma sin parar. Cada vez que la ves está con un pucho en la boca. Y además habla, y habla y habla... Le gusta contar cosas, y a los que la rodean les resulta agradable escucharla contar mientras la ven pitar y pitar. Es una optimista genética. Siempre con buena onda y un chiste por decir.

Nos cuenta que hace más de 13 años que empezó a construir el hostel. Lo hizo con un sueldo de docente, de a poquito y con paciencia. Antes vivía en San Salvador de Jujuy, pero un día decidió venirse con su compañero a instalarse en Purmamarca. Y a partir de ese momento fue testigo fiel del crecimiento que está teniendo este pueblo de un tiempo a esta parte.

Doña Beba es militante activa del matrimonio. Mientras sigue fumando le martilla a la canadiense que la escucha que el "matrimonio es lo mejor que hay", que no hay nada mejor "que poder compartir la vida con alguien", y que "hay que tener mucha paciencia". La canadiense trotamundos con novio cordobés la escucha y se ríe. Quiere creer que es cierto. Pero no está muy convencida de las ataduras y compromisos muy duraderos. Hace más de ocho meses que está dando vuelta por América del Sur y luego de su paso por Córdoba -y ver qué pasa con el chico que la enamoró a base de simpatía y fernet- tiene planeado, a fin de año, hacerse un viajecito por Asia. Con él o sin él.


Larga el humo y nos cuenta Doña Beba que fue más de 30 años maestra rural. De esas de vocación. De las que aman lidiar con las pequeñas criaturitas. De las que tienen paciencia y alegría. Y me la imagino en una escuelita en el medio de la nada, mientras se iza la bandera, con la hiperactividad que la caracteriza.


Termina el pucho y nos dice que para bañarse hay que esperar que se caliente el agua. Y se pone al lado de esa especie de caldera y le empieza a tirar leña.






Y cuando termina se prende otro cigarrillo.











lunes, 21 de mayo de 2007

United Colors of Purmamarca










El cerro de los siete colores. Por la tarde, por la mañana y en blanco y negro.

Encuentre las 7 diferencias.

Agua que nos has de beber...


Foto tomada en la Catedral de Salta.

Estética avícola - ¡Un pollo metrosexual!


Postales de Salta capital

Desde el balcón del Cabildo



Arácnidos en el cielo del cerro San Bernardo


Teleférico. Vista desde el cerro San Bernardo



Catedral y Arzobispado




Peatonal un domingo al mediodía





Plaza






Calle Balcarce - Feria de artesanos








Ser Franco




La primera vez que lo vi a Franco fue apenas bajé de la combi que nos llevó a San Antonio de los Cobres. Recuerdo que lo ví pero no lo miré. Ni a él ni a los, por lo menos, diez chicos más que se avalanzaron sobre nosotros para vendernos todo lo que tenían disponible: llamitas de lana, guantes, gorros, prendedores con forma de cardones y demás.
Si hasta tenían piedras que ofrecían gratis, con la esperanza de que el que las aceptara se vea torturado por su conciencia y, lento pero convencido, saque alguna moneda o billete como digna contraprestación a la inútil mercancía.


La consigna era esa. Recaudar. No mucha gente se acerca en abril hasta el pueblo, distante cuatro horas por ripio de Salta capital. Y una ínfima moneda sirve para hacer un puchero, pagar alguna deuda o comprarse alguna golosina como gusto excepcional.


Franco es insistente. Como todos. Porque conocen al dedillo el refrán que el burro no gana por lindo sino por insistidor. Así fue, en parte por pena y en parte por cansancio, que me doblegué ante una llamita que me ofreció una chiquita que no pasaba los 7 años. También acepté de otro unas piedras de "no se qué" a cambio de unas monedas y, además, me apropié de unas muñecas hechas de legumbres por 3 pesos cada una, que luego vi en Salta capital a más de 7.


Plusvalía, le dicen.


La cuestión que Franco no ligó nada. No por un encono personal hacia él, ni una estrategia premeditada. Simplemente por azar, por una -si se quiere- cuestión estadística. No se le puede comprar todo a todos, por mucho que uno quisiera, por mucho que uno sabe lo que lo necesitan, por muy simpáticas caripelas que posean.


Pero Franco no se desanimó y me empezó a seguir. No me acuerdo bien qué es lo que primero le pregunté, pero desde esa primera conexión me cayó bien el pibe.


Recuerdo que el contingente, luego de las transacciones obligadas (porque eran obligadas, ya sea por insistencia, por pena, por negocio, por cariño) ingresó a un comedor donde nos servirían el almuerzo. Casi vacío estaba, salvo por algunos pobladores del lugar que se estaban tomando una sopa. Los menúes eran limitados. Como atracción descollaba la carne de llama. Eso pedí.


Mientras tanto, detalle no menor y para no dejar pasar por alto, el televisor mostraba las imágenes de los chicos de Gran Hermano haciendo nada a 1500 kilómetros de distancia.


Era cuanto menos extraño -más bien una postal de la posmodernidad desconcertante- ver a algunos pobladores sorbiendo la sopa con la boca mientras los ojos estaban clavados en las nalgas de Griselda, que muy oronda se asoleaba en cerca de la piscina de la Casa. Era gracioso escuchar las especulaciones ampulosas y grandilocuentes de Jorge Rial mientras el mozo servía un guiso de cabrito a casi 4000 metros de altura, en el medio de la puna.


La cuestión es que al salir del almuerzo, Franco estaba ahí esperando. Cuando salí me preguntó si le podía dar la Fanta que uno de los comensales había dejado intacta. Se la dí y empezamos a caminar. Ya no me insistía en que le comprara nada. Esa, creo, fue su mejor estrategia de marketing para alcanzar los beneficios previsionados.




Franco vive con su abuela en una casa muy humilde. La nona está enferma hace tiempo pero es la única que lo cuida. Sus padres trabajan en Salta capital. A ellos los ve sólo una vez por año.




-¿De dondé sos? -me preguntó Franco.

- De Buenos Aires...¿conocés?

-Sí!... por mapa...





Franco tiene 11 años. Habla pausado y te escucha lo que decís. Él no tiene apuro. Me dice que le gusta vivir ahí. Franco sabe cocinar. En verdad había aprendido porque a veces la nona se enferma y se las tiene que arreglar solo. Cocinar, para él, es hacer fideos, papas fritas o algo a la plancha.





-¿Y el domingo cómo sale el partido? -me dice Franco, que es de Boca y está más informado de los detalles del superclásico que yo- Debe ser lindo ir a la cancha allá, ¿no?





Franco me empieza a hablar de fútbol. Y justo en ese momento se mete su amigo Robert.




Robert me quiere vender algo, también. Pero de metido que es, se cuelga en la conversación.



-Seguro mete un gol Orteguita -dice Robert-, le tengo fe. Anda bien.

Robert me cuenta que le gusta el fútbol y jugar a los juegos en red. Porque en San Antonio de los Cobres hay Internet, locutorio, cyberbar. Y me dice que él tiene una casilla de mail.


-¡Qué bueno! -le digo- ¡Así que tenés e-mail!
-Sí, ¿lo querés? anotalo. Cuando llegues a Buenos Aires escribime -y me empieza a dar una dirección con los puntos y las arrobas en los lugares precisos.- Escribime, porque yo me fijo, pero nunca me escribió nadie.


Franco se ríe. Y retomamos el tema del fútbol. No sé por qué les pregunté si se animaban a hacer un picadito acá nomás... patear un rato. Franco me dice que no tiene balón hace mucho, que le encanta jugar, pero el último se le pinchó y no pudo comprar otro.
Y ahí mismo sentí un puntinazo en el cuore.


No es la intención hacer de este relato una lánguida historia de vida contada como el noticiero de la tarde, con música lacrimógena de fondo. Ni siquiera hacer un homenaje a las películas "Pelota de trapo" o "El Hincha" o al tango "El sueño del pibe". No.
Cuando les pregunté, como quien no quiere la cosa, dónde vendían pelotas a ellos se le pusieron los ojos grandes como el dos de oro. Ahí mismo me agarró el nudo en la garganta.


Una bocha, un balón, una pelota. Eso sólo. Nada más. No pedían muchos más los pibes. Para hacer más llevaderas las tardes en la puna. Para ensayar el dribling de Orteguita o Palacio. Para matar el tiempo. Para divertirse.


De tanto recorrer, de tanto charlar empezó a sonar la bocina de la combi que me buscaba desesperadamente por el pueblo. Había que retornar. Le dejé unos mangos para que compraran la pelota.
Lo saludé a Franco, le prometí a Robert que le iba a mandar un e-mail y me subí de nuevo a la combi de regreso, con la esperanza que la próxima vez que vuelva a San Antonio de los Cobres me los encuentre haciendo jueguito con la esférica.

domingo, 13 de mayo de 2007

La Polvorilla

Y llegamos a La Polvorilla, el puente más alto. Vale la pena saber su historia.


Hilando fino bajo el puente, a más de 4000 metros sobre el nivel del mar.










Me llama el hambre


Plato típico de la puna. Bife de llama. Ante la mirada atenta y triste de una ídem.


San Antonio de los Cobres



Siguiendo en paralelo a las vías del Tren a las nubes, con la combi llegamos a San Antonio de los Cobres, un pueblo pequeño, casi en medio de la nada, con gente muy humilde y con una belleza simple que le era otorgada por esa misma lejanía con el resto del mundo.

No podía faltar la iglesia del pueblo. Muy bonita, por cierto. Y a esta altura del viaje uno llevó recorridas y visitadas más de 15 capillitas con lo cual, creo, se desarrolló una aguda visión crítica y cierta autoridad para opinar sobre las multifacéticas formas de los templos y templitos de piedra, adobe, cemento y ladrillos.




Un cajero en el medio de la puna.




Los 1 de agosto esta pequeña ciudad es sede de la Fiesta Nacional de la Pachamama (Tierra Madre); durante tal celebración se realiza una procesión, se cava un pozo en la tierra, pozo que simboliza la "boca" de la tierra y se efectúa el rito del chauyaco (multiplicación) arrojando al mencionado pozo la parte principal de un banquete colectivo, esto es: bocados de kikincha (un guiso en base a corderito y/o llama), locro, humita y paparunas (pequeñas patatas). También se escancia caña quemada -o sino ginebra- con ruda macho macerada en la bebida espirituosa.



Más allá del paisaje, el motivo que tiene este pueblo para ser conocido es su gente. O tal vez la gente que me tocó conocer a mí. Todos ellos saben que el turismo es una de sus principales fuentes de ingreso. Por eso cada micro o combi que arriban son esperados como maná del cielo.

Apenas se detiene un contingente, los chicos y las mujeres aguardan expectantes. Ni bien se desciende uno se siente rodeado. Llamitas en miniaturas, guantes y medias de lana, pulóveres, llaveros y hasta piedras típicas del lugar son ofrecidas a cambio de pocos pesos.

Todos quieren que les compren y a todos no se les puede comprar. Y en verdad da pena no poder hacerlo. Con insistencia pero con respeto ellos te siguen... te preguntan de dónde sos... y así, de a poquito, los mismos que al principio parecían cargosos se te van haciendo amigos.

Así fue que conocí a Franco y a Robert.

Pero estas son dos historias aparte.