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martes, 18 de noviembre de 2008

Recoleta


El reloj Jaeger-Le Coultre de la esquina Quintana y Ortiz marca las 12:45, pero a pesar de estar el sol en lo más alto del cielo, el otoño muestra los dientes con sus primeros fríos. Las cabinas de Telecom con estilo londinense destacan con su rojo chillón en un paisaje de colores ocres y pastel. Las mesas en la vereda del bar están amparadas por el gomero. Los autóctonos y extranjeros gozan de la misma sombra regalada por el viejo árbol. Ese que fue plantado en 1800 por los hermanos recoletos, según reza el cartel entre medio de las raíces. Como tentáculos de pulpo, las ramas se extienden por arriba y se forma un techo natural sobre una babel de idiomas, costumbres y vestimentas.


Estamos en el afuera del café. Las palabras tienen diferentes acentos, entonaciones, ritmos y cadencias. Las caras también. El murmullo de las conversaciones ajenas se mezcla con el tintineo de las tazas, platos y cubiertos. El sol, indeciso, amaga en salir pero luego se arrepiente. Suena el celular. Pasa una paloma. El italiano, solitario, finamente vestido, que leía su “Corriere della Sera” distrae su mirada. Al lado, una pareja de alemanes repasa su derrotero de hoy en una guía que dice “Argentinien”. El mozo le trae su cerveza al teutón: un chop blanco de porcelana que dice “La Biela”.


El primer nombre del bar fue Viridita, porque era más angosta la vereda y tenía sólo 18 mesas a la intemperie. En los años 50 adoptó su actual nombre. Allí, dice la carta, se reunían los amantes del automovilismo. Pero también intelectuales, artistas y políticos.


Es sábado y la esquina muestra un movimiento estático, una dinámica lenta en la que desfilan, sin apuro, los que inauguran el paseo del día, luego de levantarse tarde, y los que se van con su desayuno ya tomado al rayo de sol. El reloj marca ahora las 13:00. Muy cerca está el buzón rojo.


Alberto empieza a ser más requerido. Los que parecen más habitués lo llaman por su nombre y, después de saludos e intercambio de palabras que duran menos de 30 segundos, le hacen el pedido. Alberto pasa los sesenta años. Es morocho y canoso. Viste el mismo formal uniforme con moño y chaleco verde agua que portan los otros mozos. Con voz ronca y acento santiagueño se anima a balbucear en inglés, a quien lo solicite con gesto de incomunicación, los ítems básicos del menú.


Ahora vuelve a pegar el sol y una paloma se anima más. Hace un vuelo rasante, kamikaze, casi rapaz y asusta a la pareja de franceses. Los asusta porque casi les pasó a los dos por delante de la cabeza y los despeinó. Él, bermudas caqui, gesticulador y mapa en mano. Ella, pescadores de jean y anteojos negros bien clavados, como de recién levantada. La paloma se posa encima de la otra mesa, la toma por asalto y empieza picotear. El agitar de una servilleta empuñada por Alberto la ahuyenta, la desaloja de prepo. Luego entra al local a buscar otro pedido.


La esquina empieza paulatinamente a acelerar los movimientos. Pasan más personas y más rápido. Son las 13:25 y hace rato que vienen sonando de fondos unos tangos enganchados interpretados por un acordeón: A media luz, Caminito, La Cumparsita.


Quien ejecuta el instrumento es un músico disfrazado de payaso, con nariz roja, camiseta a rayas, la cara pintada de blanco y la mueca divertida. Su vestimenta, sus gestos y los sonidos del acordeón le impregnan, sin querer, un tinte parisino al mediodía. Él está, también, debajo del gomero, pero del otro lado. La divisoria, la frontera la marcan unos canteros que circunscribe el espacio del café, de sus mesas verdes, sus sillas de plástico a tono, de sus sombrillas negras con inscripción de “Blenders” y sus personajes variopintos. Parece un corralito natural. Un límite de pertenencia.


La pareja de alemanes recepciona inmutable su comida: dos pechugas al champignon que pidieron hace un rato nomás. En la carta dice que cuesta $46 cada plato: una bicoca si se paga en euros. Comen lentos y escuchan la música del payaso. No se cruzan palabras. Siguen como hipnotizados. Dos mesas atrás hay un señor pelado, con pinta de dandy, que se hace lustrar los zapatos mientras habla, gesticulador, por celular. Llegan señoras emperifolladas de caros vestidos y lujosas carteras. A algunas se les nota fácil las cirugías y se huele el perfume caro. Piden té.


Las palomas vuelven sobre otra mesa. Esta vez eligen la vacía, que dejaron los franceses. Canibalizan un plato de papas fritas de la picada que quedó inconclusa. Con un hábil movimiento de servilleta, Alberto las espanta, con mucha discreción y sin molestar a los comensales que rodean la escena.


Ahora suena “Manuelita” en el acordeón y pasa un contingente de japoneses, con las cámaras de fotos colgadas del cuello: un estereotipo, un lugar común. Los españoles de la mesa de al lado de los alemanes comentan algo de un show de tango y parecen que se van a pelear. Los alemanes siguen con la mirada congelada entre la puerta del bar y las palmeras mustias, que están a tres metros de allí.


Gomero pampeano afuera del corralito, palmeras tropicales secas, adentro del corralito. Y en el perímetro, canteros con macetas de muchas plantas. Pasan dos policías con sus pecheras fluorescentes. Uno viene de hablar con un vendedor de mates -vestido de falso gaucho- ubicado al lado del payaso acordeonista.


Una nena de menos de diez años intenta interrumpir al dandy de los zapatos lustrados. Pero mientras sigue hablando con su celular mueve negativo la cabeza y la chica divisa otra mesa para ofrecer sus pañuelos de papel. Ahora hay más palomas picoteando las papas fritas. La nena vuelve a ofrecer la mercadería, pero esta vez a los mudos alemanes. Con un hábil movimiento de manos, el maitre de traje negro, la desaloja, la ahuyenta, discreto y sin molestar a los comensales que rodean la escena.


El reloj Jaeger-Le Coultre de la esquina Quintana y Ortiz marca las 13:45. Vuelven a pasar los japoneses por la puerta del bar. Las cámaras de fotos colgadas al cuello. Un lugar común.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

Tres pájaros de un tiro



El 27 de noviembre arribaron a tierras argentas la brillante dupla ibérica Serrat y Sabina trayendo el show "Dos pájaros de un tiro", en el que ambos tocan canciones de ambos y cada uno las de cada uno. Y viceversa.

La presentación fue en el estadio de Rosario Central y hubo más de 25 mil personas que no dejaron de aclamar todos los temas. Tanto los de uno como los del otro.

Públicos para todos los gustos y versiones cruzadas que dio placer escuchar.

Se le extrañó demasiado al Negro Fontanarrosa, amigo del catalán y del andaluz.

Y para él estuvieron dedicadas unas palabras.

A modo de sentido homenaje, al logo de la gira, diseñado por el Negro, se le agregó un tercer pájaro en el medio, con mirada triste y la camiseta "canalla".



martes, 20 de noviembre de 2007

Les Luthiers cantaron los cuarenta bien arriba

Un lujo el recital que dio Les Luthiers ante más de 150 mil personas en el barrio de Palermo para celebrar sus 40 años de geniales actuaciones.

Hacen juegos de palabras, gags refinados, morisquetas, parodias y todo les sale bien.




Los cinco integrantes se llevaron los afectuosos y efusivos aplausos.


Pero Mastropiero los superó.

jueves, 25 de octubre de 2007

El regreso de Soda - Imágenes retro

Y un día volvió Soda Stereo.
(Fotos: Damián Benetucci y Germán Sáez)

Hay que decir un par de cosas.

Sin duda el retorno estuvo rodeado de un halo netamente comercial en línea con los tiempos que corren y con la expectativa que estaba esparcida por el aire.

Si el rock ya desde sus inicios fue una voraz maquinaria industrial de producir dinero, hoy, en tiempos de Internet, celular y masividad extrema lo es más aún. Y un grupo que usó magníficamente esos engranajes, solventado por una base artística indiscutida, no podía estar afuera de esto. Aunque quisera evitarlo. Fue así que los más críticos no ahorraron dardos para teñir con el signo pesos el regreso minimizando lo que podían escuchar en los conciertos.

Los fanáticos, mientras tanto, ajenos a esas palabras, esperaron con avidez y super ilusión retro el momento en que el trío argento más mentado de América latina estuviera junto de nuevo arriba de un escenario.

El retorno no por comercial fue poco espectacular. Más de 70 mil almas que presenciaron el show del 19 de octubre celebraron el efímero retorno: una burbuja en el tiempo, como dijo Cerati.

El lugar fue el mismo que tiempo atrás. La cancha de River. Parecía raro que allí mismo, hace 10 años todo se hubiera puesto en "stand by" con un "Gracias totales". Pero cual ansiada criogenización todo volvió al a vida, y cobró mucha más potencia.

Viejos adolescentes ya pelados y chicos que no conocían los casetes. Todo en el mismo césped a los saltos cuando la potencia de la banda invitaba a recorrer los hits pero también desafiaba a acoplarse a canciones "lado b" pocas veces tocadas en público o poco divulgadas por las radios. La mixtura de sonidos pintó un paisaje musical abarcativo. Del pop de las primeras épocas al rock y distorisión de más acá.

El show fue impresionante. Con una puesta en escena increíble, ideada por Martin Phillips, el que mismo que trabajó para los Daft Punk.

Para los que tenemos más de treinta fue un remolino de emociones, un tirón abrupto a la adolescencia, una teletransportación a la épocas iniciáticas y más explosivas de vivir la música. Y visto en perspectiva, y saliéndose de el encantamiento que producen estos acontecimientos, no cabe duda que el tiempo les cayó bien a los tres. Musicalmente han crecido. La banda creció más allá de lo que imaginaban y querían sus integrantes y eso había que honrarlo en el escenario y con los instrumentos. Así fue.

Inútil es volver a decir que Soda es una bandita de de pop ligero. Mientras grandes iconos del rock vernáculo están en franca decadencia o bien apartados de los grandes públicos, Cerati viene en un in crescendo indiscutido. Y cada vez sabe hacer mejores canciones y sabe manejar la guitarra. Alberti y Bosio acompañaron con gallardía y tezón.

Inútil es volver con las viejas antogonías de "Redondos-viejita-es-un sentimiento" con los "livianos-frivolos-poperitos" de Soda. Esa discusiones están harto obsoletas. Es de cuando éramos más chicos y pensábamos que el mundo era binario. Y no en el sentido digital.

Bien valió la pena la vuelta. Aunque las burbujas se desvanezcan demasiado rápido.